Mi último día del año 2018 fue uno repleto de auto-mutilación. Nunca he sido una persona que busque el dolor físico, pero me encanta sentarme a leer historias que no me dejarán dormir, ver películas que sé que me harán sentir miserable y por momentos incluso destruyo mis propias relaciones de forma estúpida sólo para sentir esa catarsis que te indica que acabas de destruirte, aunque sea un poco. Es como dice el personaje de Ralph Fiennes en mi película favorita, In Bruges (2008. Dir. Martin McDonagh) ,”¿que el chico es suicida?, tú eres suicida, yo soy suicida, todos en esta puta vida somos unos putos suicidas“. Es lo que Freud llamaría “pulsión de muerte”.

Ahora pues, digo esto debido a que tomé la decisión de que quería que mis últimas horas del año fueran una completa tortura, para ello seleccioné un par de películas dirigidas por Martin Rosen, Plague Dogs (1982) y Watership Down (1978). Ambos son filmes británicos animados con animales parlantes como protagonistas, basados además en novelas del autor Richard Adams y que se han ganado un estatus de culto dentro de los sectores interesados en el cine animado, los trabajos con analogías a la segunda guerra mundial y el gore. No sabía al momento qué tan buenas elecciones había hecho, pero tras un par de horas de ver a pequeños animalitos siendo mutilados tanto física como emocionalmente, fue evidente que decidí ver las películas correctas.

La lucha por la supervivencia de Watership Down

Watership Down (1978) fue la primera que vi. Es un filme precioso, trabajado sobre el primer libro del autor que hace analogías bastante interesantes respecto a su tiempo de servicio dentro de las fuerzas armadas británicas en la segunda guerra mundial. Trata sobre un grupo de conejitos que deciden salir corriendo de su comunidad tras un mal augurio, en forma de sueño. Sus líderes no lo permiten y empiezan a rastrearlos, por lo cual el grupo protagonista tiene que atravesar por docenas de peligros.

Hacen analogías brillantes respecto a los sistemas que han moldeado a las mayores comunidades en la historia del hombre. Los conejos atraviesan por grupos religiosos radicales, gobiernos opresivos y dictatoriales. Cada madriguera tiene sus puntos positivos y en contra, pero lo único que tienen en común es su naturaleza violenta, no muy distinta a la que se encuentran los protagonistas en la libre yerba.

El tono de la película, pausado, se entiende a la perfección con los colores que utilizaron para su animación. Tonos apagados de café, verde y amarillo en donde sólo sobresalen de vez en cuando el rojo de la sangre y el azul que predomina en los ojos de las conejas más bellas. Una noción de que lo más llamativo es a la vez lo más peligroso y esta película está repleta de peligro.

Aunque Watership Down (1978) es una película fuerte, de esas que te llenan de ansiedad tras ver cómo mueren docenas de personajes bastante bien desarrollados en el transcurso, es un filme que no tiene mayor dificultad para ser digerida. A fin de cuentas es una narración de supervivencia en la cual hay mucha acción gracias a las elecciones de los propios personajes. Sin embargo, en The Plague Dogs (1982) no se siente esa noción ni de cerca. Esta otra película es aterradora, completamente destructiva debido a que nada de lo sucedido es culpa de los personajes, sólo están determinados a atrevezar por situaciones horrorosas por cuestiones del destino. Es una obviedad decir que además, la visión y el mensaje final que deja el autor al final de la obra, es mucho menos optimista que la de los conejos.

The Plague Dogs y su escape de un centro de experimentación

La película sigue los pasos de dos perros, un labrador llamado Rowf, cuya voz es Christopher Benjamin, y un fox terrier llamado Snitter, a quien presta una soberbia actuación vocal el gran John Hurt. Ambos huyen de un centro de experimentación con animales a través de un incinerador para caer presas del aterrador mundo que trae consigo la libertad. Su primera opción era buscar a un nuevo amo, puesto que Snitter llegó al laboratorio tras gozar por varios años de una compañía humana. Al igual que en el pasado, su destino en la película es atravesar por docenas de rechazos, persecuciones de caza y eventos que son simplemente demasiado terribles para describir.

Snitter es probablemente uno de los personajes con quienes más he empatizado en toda mi vida. Es un perro hermoso repleto de ideas que son demasiado inocentes para su propio bien. Una mente optimista que quiere que alguien lo quiera de nuevo, pero cuya “toxicidad” le hace imposible su deseo. A lo largo de todo el metraje nos vamos dando cuenta de su obscuro pasado como asesino de su propio dueño, un accidente tan naíve como él mismo, razón por la cual empieza a tener alucinaciones, mismas de las cuales somos testigos en la hora y media que dura esta tortura de película.

Al final es realmente desgarrador cuando decide que no puede seguir más, “mis patas, ya no las siento“, le murmura a Rowf, quien está nadando a su lado, “no creo poder seguir”, continua a punto de ahogarse. La mente optimista de la película se rompe por completo y el personaje que solía ser más pesimista decide tomar su lugar “mira, ya vi nuestra isla, sigamos adelante”, le menciona mientras entran los créditos y se nos deja ver una isla entre la niebla. Es un final abierto que nos da a entender de formas muy puntuales que no es posible saber si La Isla a la cual quieren llegar ambos es en realidad una fantasía de Snitter creada por sus problemas mentales, pero seguía siendo su único escape a los miles de soldados que los seguían con tanques.

La fragilidad del personaje se siente en cada una de sus líneas, desde que trata de escapar del laboratorio hasta que llora porque los humanos a su alrededor sólo quieren matarlo. John Hurt hace un trabajo brillante que en varias frases desgarra por la inocencia del personaje. “Bajaron la temperatura, lo único que quieren es matarnos“, relata en una escena en la cual empieza a nevar.

Lo peor de todo es que el filme no se centra en hacernos creer que los humanos son unos monstruos. Por el contrario, todo lo que pasa está más que justificado, salvo por los experimentos. Los seres humanos eran amables con los perros en un inicio, cuando estos encontraron la libertad, pero los perros malinterpretaron diversas acciones humanas y los humanos después se dieron cuenta de que el par había estado comiéndose todas sus ovejas. Después, el laboratorio notifica que junto a los perros escaparon unas cuantas ratas en las cuales estaban investigando los efectos de la peste bubónica y todo termina mal.

Cuando la historia se repite en sí misma, la única escapatoria es la muerte.

Hay una escena en la cual un cazador tiene en la mira a Snitter, contra la pared, en la cual el hombre no puede apretar el gatillo. Pese a todo el odio que le tiene al perro por terminar con su ganado, las lágrimas se desparraman sobre sus mejillas y cae en llanto sobre sus rodillas para después ser golpeado por el zorro Tod, quien es la voz del “yo salvaje” de los perros por la mayor parte de su viaje.

La película es hermosa, está terriblemente bien escrita, los personajes son complejos y están muy bien bajados a piso. Es desolador ver todo lo que sucede desde los ojos de un perro, aterrado y con una personalidad desarrollada alrededor de la bondad, la inocencia y la pureza que distingue a estos animales en nuestro imaginario. Es una visión increíblemente obscura respecto a lo que hacemos como raza, pero también es un mensaje filosófico muy bien desarrollado que encuentra su raíz en el determinismo que dicta que todo está pre-establecido sin importar nuestras acciones.

El filme inicia con un cuadro que nos muestra a un perro ahogándose, es Rowf siendo objeto de su experimentación diaria. Los investigadores lo lanzan a un bloque de agua hasta que se ahoga, lo sacan para revivirlo y lo vuelven a lanzar al siguiente día. Un método para averiguar cuánto pueden ampliar la resistencia de un animal, según dicen en la misma película. Al final Rowf termina como inició, a punto de ahogarse, moviendo sus patitas para respirar un poco más, pero ahora en el océano a punto de llegar a lo que consideran es una isla de bienestar, escapando de los horrores del hombre.

Cabe resaltar que al escribir el libro original, Richard Adams hizo una investigación profunda de las atrocidades que le hacen a los animales en nombre de la ciencia. Todo lo que se ve en pantalla son procedimientos que sí existen.

He pensado mucho a lo largo de los últimos días respecto al significado de La Isla, pero creo entender que más que un espacio real, los perros se acercan a aquello que consideran como su más allá. Un lugar en el cual puedan relajarse tras semanas de cacería. Con la historia repitiéndose en sí misma, la única escapatoria parece ser la misma muerte.