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Este fin de semana, las redes sociales se inundaron de indignación al darse a conocer un video donde, durante un concierto, la banda El Recodo interpretó la canción Another Brick in the Wall de Pink Floyd, bajo su particular sonido sinaloense. Muchos comentarios no ocultaban la sorpresa: hay quien lo tomó con humor, hay quien lo aplaudió, pero la mayoría se lo tomó como ofensa, como si alguien hubiese escupido en su bandera, como si alguien hubiese intentado besar a su madre, como si alguien se hubiese orinado en su altar religioso: el rock puro y “auténtico”.

Pero, ¿qué es lo que molesta tanto? ¿Que la banda El Recodo hace música para “nacos” o que ni siquiera hace música, como dice el reportero de Indie Radio Rock? ¿O acaso es que Roger Waters es un artista de culto y legendario líder de Pink Floyd que, dicho sea de paso, esa sí es música? No lo sé, pero lo que sí sé es que deja claro la doble moral y el deber ser musical en evidencia.

Pero hubo un suceso que amplía todavía más el panorama y es que cómo olvidar la gira del inglés en el 2010 por nuestro país, en la que, para finalizar su concierto, junto a todos sus músicos, con una bandera de México alrededor del cuello y un papel donde claramente se podía observar que leía la letra, interpretó al compás de Another Brick in the Wall las famosas Mañanitas mexicanas. La mayoría de los asistentes al concierto, así como fans del intérprete y medios, tomaron la peculiar interpretación como un gesto especial hacia nuestro país. ¿Entonces por qué Waters sí, El Recodo, no?

Parece que la caricatura del personaje del Flanagan de Héctor Suárez, ese que gritaba “queremos rooooock”, el mismo que nunca había ido a Londres pero había visto fotos, se manifiesta en algunos periodistas especialistas en música. Una vez más el periodismo de gusto nubla todo comentario lúcido e inteligente de lo que es un suceso cultural con tantas aristas que, bueno, nunca acabaríamos.