Una de las cosas que más disfruto es platicar con taxistas y a lo largo de los años he aprendido que solo hay dos tipos de ellos: Aquellos jóvenes intrépidos que disfrutan su trabajo, quienes lo eligieron por la libertad de ver la ciudad, las pláticas y la relajación que conlleva conducir un taxi, y aquellos mayores que tenían un trabajo en el cual hoy es imposible laborar.

Hay señores canosos que se transforman por completo cuando les pregunto cómo es que funcionaba el mantenimiento de las máquinas de escribir. Aquellos ex-choferes en grandes camionetas que agarran con fuerza al manubrio cuando me relatan cómo es que perdieron su trabajo gracias a las nuevas políticas de AMLO. Los depresivos de camisa sudada que me dicen -nunca imaginarías a qué me dedicaba antes-, normalmente abogados que fueron exitosos. Los que me cuentan de su familia o del cómo están creando un equipo de trabajo para Didi.

Sin embargo, nada se compara a un hombre que me encontré en Polanco poco después del temblor, quien inició su plática relatándome su experiencia en él. -No, pus es que yo estaba en un motel con una morra, creí que le estaba dando muy duro-, me dijo cagándose de la risa, -nos dimos cuenta hasta que acabamos y prendimos la televisión-.

Es uno de los hombres más alegres que he conocido, había elegido su trabajo para poder -ver los edificios durante todo el día-. Estaba fajado con una camisa blanca y pantalones café, sus ojos eran azules. Padre de dos, divorciado, adicto casa nova. Me preguntó si tenía algún problema con la pornografía, cuando le dije que no, empezó a poner videos en su celular.

Hablamos por una hora con los gemidos como música de fondo. Estaba feliz con la novia de su hija -mientras ella tenga esa sonrisa tan grande, ¿a mí qué me va a importar en dónde mete su lengua? A las hijas hay que dejarlas ser y amarlas-. También del trato que tenía con su ex-esposa respecto a su manutención -me dijo que siempre que estuviera el dinero ahí, esas iban a estar para mí. No era necesario, pero nos llevamos muy bien-. Pero en donde más se clavó fue en una de sus amantes, una chica a quien conoció en el taxi, secretaria de una gran compañía que se separó por teléfono de su novio, justo cuando el taxista la llevaba al trabajo.

Según él, escuchó todo su problema y la aconsejó, diciéndole que no saliera con maltratadores -¿para qué si puedes ser feliz y mantenerla tranquila con todos?-. Ella lo empezó a invitar a -esos restaurantes finos, como Toks- y empezaron a llevarse muy bien. Tenían encuentros todas las semanas y le decía -mi precioso oso-, hasta donde me quedé.

Él me dijo -no busques a las mujeres, ya traen la misma mentalidad que los hombres, cogen con todos, tú aguarda y que te busquen, tranquilo, felices los cuatro-. Me dejó frente al MUNAL y siguieron sonando los aullidos de placer hasta que me despedí.