Cuando las mentes se hablan a la distancia no queda más escuchar atentamente. Su mirada hizo resonar en mi mente el sonido de un gong gigante y la imagen de aquellas 3 lunas de color azul, rojo y negro azabache.

Encontrarle no había sido fácil, las circunstancias de mi vida giraban en torno a un cúmulo de  disyuntivas, caminos en forma de ‘Y’ donde  el mejor de los escenarios prometía una inminente colisión contra el  suelo o la monotonía que la rutina de una ciudad posmoderna ofrece a cada uno de sus actores; visiones ácidas, risas tensas y la locura mal lograda del hedonismo de mi generación. Qué desperdicio.

Sabía que el hecho de haber visto a la Tierra cimbrarse meses antes era una señal del universo que buscaba decirme  que la energía que llevaba acumulando por años estaba a punto de ser liberada con la colisión de dos cuerpos celestes.

Es lo que diría mi anglofobia, una en un millón, única en su clase, un suceso tan extraño como el paso de un cometa o el nacimiento de un panda albino, llámenlo como quieran, pero la superstición aquí no tuvo nada que ver. Existen cosas que pueden racionalizarse por semanas sin encontrar un motivo aparente de su ‘porque’, aquel fin de año marcaría un antes y un después tras el holocausto neuronal al que religiosamente me había sometido y es que jamás pasó por mi mente la posibilidad de hallar una compañía tan singular en ‘Villa Ansiedad’.

Lo único que tenía seguro era que su cuerpo y el mío deseaban coincidir, fundirse y perderse juntos desde el minuto uno.

“[…]Damas y caballeros… estamos flotando en el espacio […]”