coleccion-de-libros

 “Y sin duda nuestro tiempo…

prefiere la imagen a la cosa,

la copia al original,

la representación a la realidad,

la apariencia al ser…”

– Feuerbach

 

Se puede pensar que, en esta era moderna, el uso mediático de las redes sociales nos ha hecho cada vez más banales, que compartimos frases en vez de libros o que confundimos un fragmento del libro “On the road” de Kerouack con una cita de Jim Morrison. Parece que las redes sociales son un gran aparador de lo que queremos gritarle al mundo sobre nuestra personalidad, desde qué sentimos, cómo lo sentimos o qué opinamos respecto a una situación mediática social. A lo que pretendo llegar con las nuevas redes sociales como aparadores, es el ejercicio práctico de aparentar.

Sin embargo, este ejercicio de seducción no es nuevo ni tuvo su origen con las nuevas tecnologías. Desde hace ya varios siglos, las apariencias jugaban un papel importante en las sociedades y los individuos, que gracias a sus apariencias recolectaban respeto, prestigio y reconocimiento para distintos fines, desde la sabiduría hasta la lectura. Por fortuna, los intrépidos impostores no siempre lograron salir limpios de dichas prácticas, pues no faltó quien, por amor a la transparencia o por pura mala leche, lograra desenmascarar las apariencias de estos individuos.

Actualmente, una de las tendencias en cuestiones de diseño de interiores, es la del arte. Algunos diseños incluyen libreros atiborrados de libros o mesas de centro con un libro como decoración, pero más allá de ser sólo libros, de títulos que renombran el gusto implícito del dueño de la casa. Entre la decoración y la apariencia, los libros han tenido papeles importantes en la historia. Los libros y libreros han jugado el papel de escenografía y es que, ¿quién puede ser ignorante cuando se está rodeado de tantos libros? Sobre todo si las ediciones son finas y ostentosas, cuyo peso e importancia es mucho mayor al de las letras impresas en sus hojas. No por ello, los grandes intelectuales eligen como escenografía en alguna entrevista para la televisión sus amplias y robustas bibliotecas, teniendo gestos engreídos en público, dando a entender que si su opinión es importante, es por la cantidad de libros que vemos detrás de él.  En la antigua Roma, los libros fueron manufacturados no con el afán de leerse, sino de decorar los grandes comedores, de igual forma, sus principal función no era la de enriquecer el pensamiento, sino la de ostentar poder y placer de acumular.

El escritor Enrique Serna señala cómo en tiempos de Catalina la Grande, los tapiceros de oficio, vendían lomos de libros huecos con empastados lujosos para adornar los anaqueles de las bibliotecas que, dicho sea de paso, aquellos libros se encontraba huecos. Algo muy parecido con lo que hoy podemos observar en las redes sociales cuando seguimos a páginas de literatura o pequeñas citas de libros que, fuera de su contexto, dejan mucho que desear sobre lo que dice el libro. Por ello, el escritor francés Pierre Bayard encontró un oasis de contenido referente a los libros y la no lectura en su libro “Cómo hablar de los libros que no se han leído”. Sin embargo, quien se acerque al libro en pro de encontrar una receta para evadir la lectura y al mismo tiempo quedar bien frente a sus amistades, podría salir raspado.

El saber y el conocimiento también han capturado una gran parte de las apariencias, el saber de todo, opinar de todo. Hoy en día parece ser una necesidad saber de todo, somos una especie de todólogos que opinamos desde política, economía, sexualidad hasta literatura y cocina. Los tiempos de sobreinformación y la inmediatez de las nuevas tecnologías nos orillan a saber de todo y formarnos una opinión de todo, aun cuando del tema que tratemos no tengamos mínima idea. Al parecer tememos a la ignorancia o bien, a parecer un ignorante ante los temas de tendencia pública.

Volvamos de nuevo al pasado, José de la Colina narra la historia de uno de los musulmanes más dotados de conocimiento Said de Bagdad, quien presumía de conocer el significado de cuantas palabras se hayan pronunciado hasta entonces. Sus colegas, hastiados por su pretensión, la cual no dejaba detalle alguno de error o ignorancia, decidieron jugarle un mal paso cuando en una reunión osaron  preguntarle por el título de un libro falso El libro de los ingeniosos pensamientos de Abu´ñ Gaut Sanani, el sabio no dudo en responder fecha de impresión y ciudad donde fue impreso, sin embargo, sus colegas no tardaron en sacar el libro cuya portada sólo estaba impresa, mientras el resto de las hojas quedaba en blanco. La pedantería perdía una batalla.

Otro ejemplo peculiar directo con la lectura es sobre los anteojos. Los catálogos de moda no sólo atañen ahora a la ropa, sus cortes o colores de tendencia, sino a los accesorios que debemos colocar para acompañar nuestro outfit. Dichos  accesorios van desde las pulseras o collares hasta los lentes de sol, los cuales tienen una labor específica: proteger a nuestros ojos contra el sol. Sin embargo ha sido un accesorio que ha caído en lo cool. Para suerte de los lentes de aumento, el caso ha sido el mismo. Los lentes de pasta han dejado de ser para gente con problemas de astigmatismo o miopía, vista cansada o algún otro problema oftalmológico, para pasar a ser una tendencia chick del intelectual o del nerd.

Y aquí cito de nuevo a Serna, quien explica las gafas a través de la obra de Alberto Manguel:

“A finales del siglo XV, cuenta Alberto Manguel en su “Historia de la lectura”, las gafas habían llegado a ser un instrumento lo bastante familiar como para simbolizar no sólo el prestigio de la lectura, sino también sus abusos. Apartado del mundo, sintiéndose superior a los no familiarizados con las palabras conservadas entre tapas polvorientas, el lector con gafas era tomado por loco y las gafas se convirtieron así en emblema de arrogancia intelectual”

Las apariencias ante todo son seducciones, seducciones con uno mismo, de querer autoafirmarse ante los demás, ante el mundo, seducción con el otro, ya sea en consignas de diferenciarse y distinguirse o de conquistar. Al parecer vivimos como en una primera cita con el mundo, con máscaras que ocultan nuestros rostros reales.

Como broche sobre las hazañas de las apariencias, es importante dejar de lado esa testaruda tendencia de juzgar y condenar a nuestros tiempos, así como parecer en contra del ser. Es importante poner un retrovisor de lo que hoy juzgamos por consecuencia de nuevos paradigmas como lo es el internet y el uso de las nuevas tecnologías y dar un vistazo a los procesos históricos que nos han traído hasta aquí, con el afán de comprender, más allá de los hechos históricos, sus significados.