Autor: Hermilo Isaac Rojas Arroyo

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Todos tenemos a alguien en el mundo de la música que nos inspira, que nos lleva al éxtasis y lágrimas de emoción con sólo escuchar sus canciones. Quienes tocamos instrumentos, en algún momento hemos deseado, o al menos nos hemos imaginado, estar con ellos en el mismo escenario.

Tal ha sido el éxito y el sobresaliente talento de Rodrigo y Gabriela, quienes como muchos músicos comenzaron desde la nada, con más pelusa en el bolsillo que monedas, pero que su tenacidad y creatividad les ha llevado a presentarse a lado de grandes personalidades, así como en festivales de los más importantes del mundo, como Glastonbury. Gabriela es la estrella, es quien capta totalmente tu atención, y además con quien más te identificas rápidamente por su acento y modismos chilangos, propios de la Ciudad de México.

Ambos cuentan con gran ansia y emoción por las desilusiones y las sorpresas por las que pasaban, como que el gerente de un hotel les pagaba el hospedaje y la alimentación con tal de que ellos tocaran para un paupérrimo auditorio, en el que normalmente era poca la asistencia.

La cinta es una muestra del arduo trabajo y cómo en medio de la necesidad surge la creatividad, pero que es necesaria una dosis de audacia para moverse a otro lugar desconocido, prácticamente a experimentar con la suerte, ya que ni él ni ella sabían inglés. Haciendo alusión a lo anterior, el reconocer y de cierta manera alabar la técnica que usa Gabriela, y por la cual muchos podrían pensar que interpreta flamenco o algún estilo de guitarra española, pero no, ella misma cuenta cómo de pronto en una tarde de insistente ensayo descubrió un movimiento con su mano sobre las cuerdas.

Haciéndose también de la técnica del “tapping”, que es muy característica del subgénero “Math Rock”, comenzaron a crear sonidos propios, cadencias, sucesiones y progresiones que fueron llamando la atención de la gente en la calle, de todos por quienes pasaban, hasta que en una ocasión lograron fortuitamente ser escuchados por quien les consiguiera su primer evento en forma. “No hacer otra cosa, sino tocar” era algo que llevaban tatuado en su mente, casi como una cisura en su cerebro, pero gracias a ello es que poco a poco fueron mejorando y puliendo una técnica que tenía su origen en música metal.

Lo que esta investigación tanto de material auditivo y hemerográfico nos muestra es un verdadero dechado de virtud técnica y una serie de lecciones de vida, de perseverancia, de volver a intentar, de retroalimentación. Es una lección de vida que nos muestra lo que muchos sabemos, que la clave del éxito está en el trabajo, pero, al menos yo, lo he sentido más de cerca por el hecho de que los protagonistas son connacionales míos