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Existen ocasiones en las que los excesos son buenos, y terminan definiendo una película. Pensemos en la interpretación de Al Pacino en Scarface (1983), o la estética de un joven Tim Burton. Tristemente, también hay veces en que los excesos son sólo eso: excesos, y es el caso de El Rascacielos.

Desde los años setentas, el productor Jeremy Thomas adquirió los derechos de la novela High-Rise, de J. G. Ballard. Tras múltiples intentos fallidos de llevarlo a la pantalla grande, finalmente sería en 2013 cuando Ben Wheatley obtendría luz verde en el proyecto.

La premisa es por demás interesante: El doctor Robert Laing (Tom Hiddleston) llega a su nuevo departamento, en el piso 25 de un rascacielos titánico. Dentro de él, miles coexisten y hacen sus vidas enteras sin necesidad de salir, pero verán la fragilidad de su sistema luego de que diversos fallos provocan una tensión en escala.

 

Si bien nos encontramos ante una propuesta audiovisual atrevida e impecable, la película no logra sostenerse sobre sí misma en un intento fallido del director por sorprender al espectador con cada escena. La primera media hora resulta fascinante, la siguiente monótona, y el resto del metraje, cansino.

El guion cae en una reiteración totalmente innecesaria, y alarga los pocos sucesos hasta alcanzar las dos horas. A la cinta le falta corazón y le sobran simbolismos, recordándonos a la mal lograda The Cell (2000). Las situaciones se ven muy bonitas, pero nunca llegan a ser más que minutos consumidos.

Hay un contraste peculiar entre las contenidas interpretaciones de Hiddleston y un Jeremy Irons en plan revival, con el rimbombante trabajo del resto del cast, especialmente el excéntrico Luke Evans. Los close-ups extremos y la gesticulación exagerada hacen acto de presencia en todo momento, pero irónicamente es esta dinámica la que mantiene con vida el metraje.

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Una mención especial al diseño de producción, vestuario y maquillaje, que llevan adelante la analogía mejor lograda: ambientaciones de distintas épocas de acuerdo a la posición socioeconómica de los inquilinos, ordenados de manera ascendente. La clase media, con su ambiente setentero y de despilfarro, la clase alta con fascinaciones victorianas.

Wheatley experimenta con un montaje caótico, incómodo. La segunda mitad del film se compone de escenas sueltas, que bien podrían intercambiarse. Una vez alcanzada la degradación de la sociedad en el edificio, ya no hay cambio alguno que valga. Esto provoca que perdamos el interés y sintamos el peso de cada segundo.

No faltarán aquellos que la alaben como una obra maestra por su bien logrado estilo y su corte distópico, pero la carencia de sustancia debe ser un indicador de que algo falla en la construcción de este Rascacielos, y sus cimientos débiles, sin duda, lo hacen inestable y tambaleante.

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