Estoy sentado en mi cama, es una tarde fría en lo más alto del Estado de México y no puedo dejar de pensar en Avril Lavigne. Lo que inició como un juego se ha convertido en una verdadera obsesión. Todos los días escucho por lo menos un par de canciones de la cantante canadiense, canto sus letras, pienso en su figura y llevo a cabo de forma religiosa mi “hora del día para ver fotografías de Avril Lavigne” en Instagram. Mis compañeros de trabajo ya están hasta la madre y ha llegado un punto en el cual me he empezado a preocupar por mi salud mental.

Todo inició a mediados de este mismo año, tras un par de decepciones amorosas decidí que mandaría toda mi seriedad sexual y romántica a la verga, viendo mi lado más ridículo en el crush que he tenido por la autora de canciones como ‘Complicated’ y ‘My Happy Ending’ desde que estaba iniciando la primaria. Desde hace años sé que su figura, pequeña y pelirroja, había dictado las características que busco en una mujer. Rebelde, divertida, dramática, segura de sí misma y medio esnob. Entonces, ¿por qué no hacer una burla de mí mismo y mis intereses y empezar a mostrar mi agrado a una cantante pop canadiense de forma irónica?

Lo que buscaba hace meses era que cada que alguien me quitara el teléfono de la mano, ese alguien pudiera ver entretenidamente la cantidad de fotografías que tenía guardadas de Avril. De igual forma con mi Instagram, el cual está conformado por 90% de imágenes de Lavigne. Es ridículo, es caótico y también liberador mostrar mi interés de una forma tan excéntrica, sobretodo teniendo en cuenta la represión afectiva que estaba experimentando.

Me encantan las excéntricidades y me encanta ser ridículo, pronto se convirtió en una adicción. Como las noches de sexo en el cine pornográfico con la morra lanzada del momento, exponer con marionetas en la universidad, saludar a los extraños como si fueran mis amigos de toda la vida, pedir números de celular con actos de magia y los churros con queso derretido, los cuales terminé por convertir en una moda que no escapa de la escuela en la cual solía estudiar la secundaria. Uno de mis mayores logros.

Ahora creo que me auto-lavé el cerebro de la peor y más estúpida forma posible. Desde hace años estoy jode y jode a mis seres cercanos conque la época digital nos está haciendo unos súper pendejos. Todos esos años de consumir literatura distópica y leer textos sobre “El Fin del Hombre” alrededor de la cárcel que son los algoritmos web, sirvieron de nada ante mi pequeño juego de obsesión alrededor de una teen idol. Aun sabiendo que su figura me iba a seguir a todos lados en Google, Facebook y YouTube, seguí alimentando al algoritmo, haciéndolo creer que lo único que me interesa ver en mi celular y computadora es publicidad de Avril Lavigne. Era obvio que a las pocas semanas mi juego se transformó en una realidad, de tanto ver sus fotografías y escuchar su música mi gusto por ella ya se ha convertido en uno de los elementos cruciales de mi personalidad.

Pero no todo es culpa de las redes sociales y mi estupidez, la realidad es que su música me encanta, genuinamente puedo decir que conecto con ella de formas muy profundas. Su pasado como una pequeña niña dentro de un pueblo religioso hizo que cuando obtuviera su contrato discográfico decidiera hacer algo completamente distinto a cantar lindas piezas folk con tal de jodérselos. Agarró todo lo que quería integrar a su individualidad y empezó a componer canciones de un rock-pop súper angsty en forma de ‘Losing Grip’ y ‘Unwanted’. Tenía 16 años, no sabía absolutamente nada de la vida, era una pequeña niña ignorante que veía en cantantes como Fiona Apple, Dolores O’Riordan y PJ Harvey a una verdadera contra-cultura. Como cualquier adolescente que no sabe ni quién chingados es, empezó a vestirse de negro y a escupir líneas con una aparente superioridad que critica a las estupideces de los demás, movimientos naíve e inseguros que ahora me parecen increíblemente lindos.

La disquera se dio cuenta de la pretenciosidad de la morra y no dudó en echarla de su rooster previo a seguir perdiendo más dinero con la grabación del que terminó convirtiéndose en su primer disco de estudio, Let Go (2002). Sin embargo, los demos llegaron a más oídos y rápidamente obtuvo una nueva oportunidad con total libertad creativa. Epic contrató a The Matrix, un duo de productores que, al igual que Lavigne, estaban iniciando su carrera. En conjunto lograron entregar un disco único.

Los productores no eran estúpidos, se dieron cuenta de que la rebeldía genuina de una pequeña niña consentida podía entregar una imagen fresca con la cual podrían relacionarse a la perfección millones de jóvenes consentidas y rebeldes. No había una figura así, lo más cercano eran las artistas previamente mencionadas, las cuales ya estaban viejas y nunca cargaron con la inocencia de Lavigne. Es un disco que cuenta con el mejor equipo creativo y de producción posible, repleto de detalles preciosos, hecho por una niña obsesionada con los niños que no la voltean a ver, su mayor peso. Todo el disco es un grito de -NO QUIERO ESTÁR SOLA- y me encanta.

Es un material redondo que juega con elementos electrónicos, con instrumentaciones típicas del post-grunge, repleto de himnos y de baladas preciosas y sinceras que en el fondo son ingenuas. Avril Lavigne es esa pequeña y hermosa niña que se encierra a llorar en su cama tras una mala noche, sintiéndose sola sin realmente estarlo, rodeada por cómics de los X-Men y pósters de Marilyn Manson. Es la niña que no tiene consciencia de clase, que no tiene idea de las maldades del mundo, es una morrita que sigue buscando su identidad en los clichés de la contra-cultura y que se encuentra enojada, triste, porque ni siquiera su pequeña burbuja puede ser perfecta.

Sus primeros dos discos, los cuales fueron producidos y co-escritos por The Matrix, contienen eso de una forma pura. No importa que las letras sean estupidas, ni que la mayoría de las canciones estén basadas en las ideas que otros artistas ya habían expresado de formas mucho más brillantes, tanto en aspectos técnicos como compositivos y narrativos. Lo que importa es el registro, el contexto. Es la impresión perfecta de una de las etapas más ridículas de la vida de cada uno de nosotros, pero también de las más felices.

Yo recuerdo que cuando veía el video de ‘Complicated’ de niño, no podía dejar de pensar en que así sería mi vida adolescente. Rodeado de colores, haciendo estupideces en un centro comercial, sin importarme nada más que la diversión. Fue más o menos así, pero pocas chicas pasaron con la belleza de Avril, eso me decepcionó.

Creo que ahora mismo estoy obsesionado con Avril Lavigne por ello. En la adolescencia nunca me llegué a obsesionar con una figura pública, menos una pop star. Yo era demasiado pretencioso, tenía que gustarme Mike Patton y Quentin Tarantino, carajo. Me parecía ridículo ver a mis primas con pósters de Brad Pitt, pero ahora las entiendo. Es una fantasía creada desde la nostalgia. Al escuchar a Avril Lavigne me doy cuenta de que en verdad no he crecido, yo también soy un niño chillón cuya mayor preocupación radica cuando una morra ya no le hace caso.